miércoles, 22 de julio de 2009

Capitulo 11 - Un Mapuche Demasiado Viejo.

Ilustra el siguiente capitulo una fotografía
del cacique Mapuche Llonco, Y he utilizado
el idioma natural mapuche en el texto,
con mi mayor respeto.
Pedro Lapido estran

El Arca de las Nieves Eternas
Capitulo 11 -"Un Mapuche Demasiado Viejo"


La ventisca que me había obligado a refugiar entre los huecos del macizo, había cesado. A medida que se afirmaba la última nieve caída, el frío era mayor.
Estaba cansado, muy cansado; llevaba días de camino entre las montañas con una mochila sobre mi espalda y con los doce kilos de mi perro adentro de un chaleco-bolsa de piel de cordero y nylon que le permitía viajar colgado entre mi pecho y mi cintura. De esa manera, lo tenía permanentemente a la vista y además, su peso contrapesaba el peso del Trineo que yo mismo había diseñado y en donde acomodara escrupulosamente todos los elementos que creí necesarios para mi subsistencia y la de él.
No tenía problemas de provisión, llevaba hasta suero para una emergencia, pero el cansancio físico se entrelazaba con mi desesperanza. Las preguntas se agolpaban en mi cerebro, tratando de encontrar una justificación lógica a lo que estaba haciendo.
¿Adonde iba realmente? - ¿Acaso intentaba cruzar la Cordillera por un supuesto viejo camino Indio? ¿Iba en realidad en busca de mi avión? Para eso debería saber las coordenadas del lugar de la caída y en realidad no las sabía. ¿Porque elegí ese paso olvidado al sur del Lanín, con la mínima posibilidad en caso de accidente, de que alguien me auxiliara, si me habían advertido que esa senda no se usaba desde el siglo anterior por considerarla peligrosa?
¿Qué extraña compulsión me impulsaba a seguir adelante en esa desolación de piedra y nieve sin un destino preciso? ¿Era la misma que me había llevado a cometer las irracionalidades anteriores, como cuando gasté todos mis ahorros alquilando avionetas simplemente para volar entre las montañas? Creo que sí, que todo obedecía a la misma compulsión que me atraía hacia una zona de la Cordillera de los Andes. Mi cabeza guardaba en algún recóndito lugar, un secreto; un secreto que yo estaba obligado a develar. Pero esta vez no había ninguna duda, o me llevaba a un destino cierto; o me llevaba a la muerte.
Acomodé la superficie del suelo con la pala y armé la carpa al amparo de
una saliente rocosa. Aseguré el trineo y me introduje en ella con los elementos necesarios. Encendí la lámpara y el calentador acurrucado junto a la bolsa de Gerónimo que asomó su hocico para testear el nuevo ambiente. Cuando el agua tomó cierta temperatura le preparé una papilla con un poco de puré deshidratado y coloqué su pelotita al lado del recipiente humeante. Allí, frente a mis ojos tenía una de las mayores incógnitas de mis últimos diecisiete años de vida; las bolitas azuladas que nunca pude saber de donde habían salido, ni quién las había puesto en mi casa. Y ellas permanecían allí, en su caja, inalterables al calor, a la humedad y al frío; sólo se disolvían al contacto con la saliva y desde entonces, habían pasado diecisiete años. Gero tenía ya dieciocho y yo cuarenta y siete; pero si mis cuarenta y siete años podían considerarse normales, los dieciocho de Gerónimo sin duda no los eran. El llevaba viviendo más años de los normales en su especie, sin haber disminuido su olfato, su oído ni su vista. Hasta sus dientes estaban sanos y no había acusado nunca los problemas vertebrales tan normales en su raza.
Yo no podía decir lo mismo; mi vista y mis oídos se habían deteriorado y mis piernas hacia mucho tiempo que me dolían periódicamente. Mientras daba vuelta una de las minúsculas esferas entre mis dedos, pensaba si no debería haberlas tomado yo también todo ese tiempo.
Gero terminó su papilla y ladró avanzando hacia la salida de la carpa. Lo abrigué con su cordero y lo acompañé afuera adonde el frío era cortante. Arrojó su pipí rápidamente y se zambulló otra vez en la carpa. Cuando entré ya se había introducido en mi bolsa de dormir no sin antes apropiarse de su bolita. Me metí yo también, lo acomodé junto a mi pecho, cerré la bolsa y juntos empezamos a soñar, sintiéndonos minúsculos protagonistas de la vida, al pié de uno de los gigantes Andinos en la inmaculada soledad de las nieves eternas.
Me despertó el intento de mi perro, esforzándose por trasladarse o acomodarse adentro de la bolsa. Debí haber dormido muchas horas y como de costumbre, había soñado alternativamente con bosques paradisíacos, círculos y esferas. Y nuevamente aparecía la mujer rubia, que avanzaba o se alejaba por túneles vivamente iluminados y vacíos. Esta vez se había acercado tanto a mí que estuve a punto de tocarla; pero al levantar la vista y ver que su cara sólo era una blanca superficie sin formas, yo retrocedía asustado alejándome de ella.
Ya era de día; afuera no había viento y el Sol seguramente estaría dándole brillo y minúsculas gotas a la nieve.
De pronto, escuché un sonido extraño en el silencio espectral de la mañana. Era un canto; alguien cantaba en el auditorio Andino con una voz gangosa que hacía dificultosa la captación de sus palabras. Concentré mi atención y mis oídos me fueron permitiendo individualizar las palabras de lo que al principio sólo me llegaba como un melódico lamento.
- ¡ Feyllegá Nguenechen meu eln quimn chi mapu ñi chi ad-ngüen nag ñi chi chiuai cheo chi paramn la acun fei llagantú la chi ata-huera cheo chi pulqui, chi huaiqui chi pulaque pepica umagn chi filu fei chiu, fei Huemul, fei Nahuel, fei Cuchru, fei Manque pepica nguen mari-mari-canai ! - ¡ Cheo fei Lemú, fei Lauquen rehue quiñé chrem pepica cumelen !
"Era lengua Araucana, la raza de mi Madre. Era el canto de un Mapuche que expresaba agradecimiento y que tal vez fuera simbólico pero era realmente bello". Las estrofas comenzaron a repetirse y esta vez me esforcé por traducirlas en su totalidad: ¡"Gracias Dios por dejarme conocer la tierra de la belleza, abajo de la neblina, donde la nieve no llega y el tiempo no es malo; donde la Flecha, la Lanza y las Boleadoras pueden dormir y la Víbora y el Jilguero, el Ciervo y el Tigre, el Pato y el Buitre, pueden ser amigos, compañeros"! - ¡"Donde el Bosque y el Lago son lugares sagrados y un anciano puede ser feliz"!.
Me apresuré a abrigarme y a abrigar a mi perro. Abrí la carpa y salí tratando de orientar mis ojos hacia donde mis oídos detectaban la melodía. Allí estaba, muy cerca, acuclillado sobre una piedra, envuelto en un colorido poncho sobre el que caían sus cabellos blancos. Proyectaba las manos y la mirada hacia el cielo, cantándole a Nguenechen su lamento. Era viejo, muy viejo.
Me acerqué lentamente con mi perro entre los brazos para evitar una actitud imprudente y cuando creí estar a la distancia adecuada, entonces hablé:
- Marí - marí - ( Buenos días )
Interrumpió su canto, bajó sus brazos, fijó en mí sus viejos ojos y dijo:
- ¿Cüme - chetue - imi? - (¿Usted habla el idioma?)
- Tañi Ñuque Mapu - che - (Mi Madre era Mapuche) Contesté.
- Mari - mari - peñi - (Buenos días hermano) replicó.
- ¿ Mari - mari - cumelecaimi ? - (¿Cómo esta usted?) Pregunté
- Mai - mai - ( Bien, bien ) Finalizó.
Me quedé observándolo un momento y luego recorrí los alrededores con mis ojos. El único equipo que se veía, eran mi carpa y mi trineo, nada más. ¿De donde había salido este viejo? - ¿Cómo había llegado hasta allí? - Yo llevaba días de camino con un equipo más que adecuado y la noche anterior me había derrumbado exhausto en mi carpa. Este hombre no tenía más que lo puesto, que no era mucho y estaba allí, en el medio de la Cordillera Andina ¡Cantando!
No pude evitar la pregunta, que fue impetuosamente indagatoria:
- Lacú (abuelo), ¿Que hace usted aquí?
- Me preparo a morir hermano, sólo eso - Contestó.
- ¿Pero por qué? - ¿Donde ha estado usted? - ¿Que hace aquí? - ¿Cómo ha llegado?
- Son demasiadas preguntas juntas, hermano. Me preparo a morir, porque Nguenechen me llama. Pertenezco a la raza de Caupolicán y combatí al lado del último gran cacique Boroga, contra diferentes enemigos. El siempre supo hacia adonde tenían que apuntar sus lanzas para la conveniencia de su pueblo. Te estoy hablando de Don Ignacio Coliqueo.
...El Cacique Coliqueo (Coli = "rubio" –Queo = "ser", "siendo") había muerto en los toldos en 1871 a causa de una rodada de su caballo, a los 75 años. Desde entonces habían pasado más de cien años...
No dije nada, si el viejo deliraba yo decidía respetar su delirio.
- Después, mucho después - continuó el viejo - vine hacia estas montañas sirviendo de guía a unos Huincas ( blancos ) que iban a Chile con una carga ilegal a juzgar por como la ocultaban. Me pagaban bien. pero quiso la Hueda ( El mal ) que me quebrara una pierna en una caída y los blancos me abandonaron aquí, justo en este lugar. Estaba lalenguñün (muriéndome de hambre) cuando me pareció ver a un animal a cierta distancia. Comencé a arrastrarme hacia donde creí verlo, con la esperanza de atraparlo y entonces fue que cedió el suelo y caí en el Rehué (Lugar sagrado), el mundo de Nguenechen. Desde entonces he vivido allí, en donde nunca he tenido que matar para comer, donde todo es paz y belleza y donde cada tanto, Nguenechen manda a sus Che - ñi - Coli ( Gente de rojo ) para asegurarse de que uno sigue siendo bueno y cumple con sus órdenes. Entonces, te dejan comida y bebida en abundancia para ser Cumelén (Feliz).
Si, evidentemente el viejo deliraba; a nuestro alrededor todo era nieve y frío y no había ninguna gente que pudiera traer comida precisamente. Seguramente, cuando revisara los alrededores, encontraría alguna cueva o refugio en donde el Indio hubiese sobrevivido y elucubrado sus sueños paradisíacos.
- Lacú (Abuelo), dígame en que puedo ayudarlo. Fue todo lo que se me ocurrió decir en ese momento.
El viejo, no demoró su respuesta:
-Esta noche, yo emprenderé mi viaje definitivo hacia otras regiones. No tengo pertenencias, no tendrás mucho trabajo. Me enterrarás aquí mismo, con la cabeza hacia el poniente; pronto seré Pellú (Alma) y tal vez vuelva a verte desde los ojos de algún ave. ¿Me lo prometes?
- Sí, si, - contesté confuso.
- Uúle (mañana) cuando despiertes, cumplirás tu promesa y luego caminarás cien pasos desde esta piedra hacia el Suroeste con todo tu equipo y tu perro, porque nada de lo que dejes podrás regresar a buscar. Después verás que Coifuin (el viejo) te habrá hecho Cumelen (Feliz).
Transcurrió el día; todos los intentos por convencer al viejo de que abandonara su postura y se viniera conmigo a la carpa, fueron vanos. El siguió insistiendo en que esa noche se dejaría morir y que si yo cumplía la promesa y obedecía sus instrucciones, viviría feliz en la tierra de Nguenechen.
Cuando llegó la noche, el Mapuche seguía tranquilo con sus cantos y mi angustia iba en aumento. Permanecí cerca hasta que la temperatura y la impotencia me llevaron a la carpa. Salí a verlo por última vez cuando calló su canto, sólo para comprobar que seguía en su lugar, aún vivo, pero callado y con los ojos fijos mirando a la distancia. Volví a entrar y me acosté, abrazado a mi perro. "Cuando un hombre quiere morir, no se puede evitar; Lo hará de cualquier manera", decía mi madre india. Me dormí deseando que Nguenechen lo recibiera como él quería.
Desperté muy temprano. Pese a la baja temperatura, estaba todo mojado dentro de la bolsa. Tan mal había dormido, que Gerónimo había salido de ella y me observaba con mirada intrigada arrebujado en su cordero a escasa distancia de mi cabeza.
Había soñado otra vez con los túneles y la mujer sin rostro; esta vez mezclada con el viejo indio, quien me llevaba hasta ella y cuando me acercaba, su rostro tomaba las formas de otros rostros para terminar en la cara sin rasgos que tanto me asustaba. Por momentos yo aparecía sentado en mi butaca de piloto, pero no conducía un Jet, sino un enorme pájaro blanco de inmensas alas. Y luego, caminaba con mi Padre por un extraño bosque en donde él no se cansaba de describirme las especies que veía.
Abandoné la bolsa de dormir, me abrigué, le coloqué la correa a mi perro y lo aseguré a uno de los parantes de la carpa. Gero no se inmutó y se quedó tranquilo dentro de su abrigo. Salí y me dirigí hacia el lugar donde quedara el indio.
El viejo, tal cual lo había previsto; había muerto. (O se había dejado morir) durante la noche. Lo encontré en la misma posición en que quedara la última vez que lo vi. Estaba casi congelado; lo toqué y su cuerpo cayó semi rígido sobre la nieve. Regresé hacia la carpa y tomé del trineo la herramienta adecuada para cumplir con mi promesa. Cavé una profunda fosa en la nieve con uno de sus extremos orientados hacia el Poniente.
Acomodé el cuerpo y lo envolví prolijamente en su poncho. Sellé el envoltorio con trozos de cinta adhesiva y lo introduje en la fosa. Antes de taparla pensé en decir alguna oración en homenaje al viejo, pero no supe elegir una que fuera adecuada. Trabajé, cantando la misma canción Mapuche que le escuchara a él. Me pareció lo mejor mientras cubría su tumba con paladas de nieve.
Cuando terminé de darle forma a la tumba, le coloqué unas piedras sobre una punta con intención identificatoria y luego empecé a preparar el equipo para seguir mi viaje hacia la incertidumbre. En ningún momento pude dejar de pensar en el viejo y en el extraño relato que coincidía totalmente con su canción.
Aseguré las riendas del trineo a mi cintura, cargué la mochila e introduje a Gero en su bolsa de viaje sobre mi vientre.
Comencé a caminar y me detuve al llegar a la tumba. Allí, mientras intentaba balbucear unas palabras de despedida, rememoré las últimas palabras del viejo:
- "Caminarás cien pasos desde esta piedra hacia el Suroeste con todo tu equipo y tu perro, porque nada de lo que dejes podrás regresar a buscar".
¡Pobre viejo!, pensé. A sólo cien pasos del lugar que eligió para morir, había ubicado en su ilusión, el paraíso donde vivió. Giré mi cabeza para observar el lugar; a un lado tenía la montaña contra la cual había armado mi carpa. Al otro, sólo nieve; una gran extensión de nieve rodeada de picos imponentes.
Tomé mi brújula de un bolsillo y busqué el Suroeste. Daba justo hacia la nieve. Tuve una compulsión: tenía todo mi equipo y sólo eran cien pasos. Después de todo, sería un homenaje al viejo. Empecé a caminar: Uno, dos, cinco, diez, veinte, cuarenta. ¿Qué locura era ésta?, me pregunté mientras mis piernas se enterraban cada vez más en la nieve hasta que de pronto sentí que mis piernas se liberaban, era como si la nieve fuera perdiendo densidad.
-"Cincuenta y uno, y dos, y tres. Sesenta y uno, y dos, y tres...."
La sesenta y dos fue una pisada inestable que me llevó a acelerar la sesenta y tres y esta última no encontró base para aguantar mi peso.
Caí por una pendiente con todo mi cuerpo adherido al suelo, hasta que el trineo que llevaba atado a mí, me superó en velocidad y al pasarme, me arrastró de la peor manera. Sólo atiné a proteger con mis brazos el cuerpo de mi perro y esconder la cabeza lo más posible entre mi cuerpo.
Cuando terminó la caída, quedé atontado, dolorido y mal enredado con las correas del trineo. Fui reaccionando lentamente en la medida en que mis sentidos me lo permitían. Desabroché una de las correas para poder liberar mi cabeza y apenas logré sentarme saqué a Gerónimo de su bolsa, que felizmente estaba bien, aunque me miraba con ojos asustados. Me paré y comprobé que pese a algunas magulladuras, mi cuerpo también estaba bien. Entonces observé asombrado que estaba en medio de un bosque y había caído por un claro que formaba un sendero libre entre los árboles, desde una altura de casi cincuenta metros, afortunadamente en pendiente. Arriba, un espeso manto de niebla me impedía todo contacto visual con el exterior.
Pero... ¡Qué carajo es esto!, me dije a mi mismo, recorriendo con mis ojos los enormes árboles que me rodeaban. ¿Acaso era el mundo de Nguenechen del que hablaba el viejo?
- ¡Maldita sea!, yo hace cuarenta y ocho horas que estoy loco, definitivamente loco, no puede suceder lo que estoy viviendo!
Y emprendí una trepada por la pendiente andando sobre mis pies y manos, seguido dificultosamente por mi perro cuyo escaso largo de patas, hacía que deslizara su panza sobre la nieve como si estuviera nadando en ella.
Mi acción; totalmente compulsiva por cierto, estaba dirigida aparentemente a verificar la situación inmediatamente anterior, para poder aceptar la presente. Trepé y trepé por la pendiente, hasta llegar a la niebla que estaba bastante encima de los picos de los árboles. Por desgracia, lo primero que introduje en ella fue la cabeza. Recibí una descarga eléctrica que me hizo entrechocar los dientes. Hubo una visión roja frente a mis ojos, estallidos de colores y luego: La obscuridad.
No se cuanto tiempo estuve inconsciente o semi inconsciente; recuerdo haber oído los ladridos de mi perro, voces extrañas y otra vez, nada.
Ahora, al despertar, Gero estaba junto a mi cara y lamía mi cuello y mejilla izquierda. Conseguí abrir los ojos, lo aparté suavemente y traté de tomar conciencia del lugar donde estaba. Me hallaba adentro de una Cabaña, acostado en una cama y con la cabeza vendada. Todo en el interior rebelaba la identidad de su dueño. Tapices, plumas, lanza, arco y flechas colgados en las paredes. Vasijas y troncos tallados, más como adornos que como elementos de uso diario; y entremezclados con los utensilios Indios, algunos recipientes que denotaban una modernidad contrastante.
¿Acaso estaba en la cabaña del viejo?, me pregunté. ¿Y quién había vendado mi cabeza? - ¿Habría otro Indio?
Me bajé de la cama fatigosamente y me dirigí a la salida. Cuando abrí la puerta, vi. mis cosas acomodadas al lado de la Cabaña y claras huellas de pies calzados, en el suelo. Me senté sobre un tronco y con la cabeza entre las manos, traté de recomponer mis pensamientos, mientras observaba el lugar. Después de todo el viejo no deliraba ni había mentido: Aquí estaba su mundo de Nguenechen; nadie podía explicarme porqué existía este bosque relativamente cálido, oculto en medio de la Cordillera Andina. Pero yo estaba allí y había pájaros y animales que empecé a descubrir tras recuperar la calma y el dominio de mis sentidos. Sólo faltaban los Che-ñi-Coli, con la comida y la bebida y ya podía ser yo Cumelén (feliz).
Entonces, algo comenzó a pasar en mi cabeza: Tras un estallido de dolor, aparecía una imagen determinada. Otro dolor y otra imagen y así, una tras otra, como en una secuencia fotográfica, mi mente empezó a recordar....
Y entendí la razón de mi compulsión, el porqué de mi atormentada vida después del accidente; y apareció Kingston, Ramalú, Antiza, Lunigén y por supuesto "Olma", ¡Sí, ella!, la mujer de los túneles, la mujer sin rostro de mis sueños.
Me levanté y corrí, corrí hasta detenerme en un claro del bosque, en medio de enormes Alerces. Atrás mío Gerónimo luchaba por llegar hasta mi, saltando con sus cortas patas sobre la espesa capa de pasto y de flores que cubría el lugar. Era el mismo paisaje de ensueño que me conmoviera diecisiete años atrás: El permanente color del Arco Iris en los rayos del Sol que atravesaban la niebla, el trino de los pájaros, los pequeños animalitos desplazándose entre la multitud de flores y plantas que adornaban el suelo. Sí, no había dudas ese era el lugar, "había vuelto".
Gerónimo, irguió sus orejas asombrado ante la aparición de una familia de conejos grises, que sin inquietud alguna se acercó a observarnos para desaparecer luego rápidamente de nuestra vista. Sentí deseos de romper el sólido silencio y grité, grité con todas mis fuerzas.
-¡Olma! - ¡Olmaaa!, "soy yo, Haffner, he vuelto".
-¡Olma! - ¡Olmaaa!, "aquí estoy, aquí estoy".
Y la risa y el llanto se entremezclaban en mi voz alternativamente. Mis gritos resonaban aún en el espacio, cuando una bola de fuego salió de entre los árboles circundantes y se detuvo encima de mí. Y luego otra y otra y otra. Y al final, las cuatro giraban con lentitud a mí alrededor.
- ¡Son los atisbadores incorpóreos, Gero!
- ¡Nos han visto, amigo mío, nos han visto!
Mi perro comenzó a ladrarlas y yo lo tomé entre mis brazos para bailar con él, mientras le decía:
- ¡Pronto vendrán por nosotros y esta vez, "estaremos juntos"!
No sé cuanto tiempo bailamos, no sé cuanto tiempo grité. Los atisbadores se alejaron de pronto, tan imprevistamente como habían aparecido. Me quedé parado en medio del bosque, en silencio, acompañado sólo por el rítmico tam tam de mi corazón y el de mi perro. Hasta que un zumbido casi imperceptible me hizo girar la cabeza. Detrás de mí descendía oscilando levemente, un vehículo igual al que nos recibiera la primera vez.
Se detuvo. Una sección de su techo se levantó y una parte de su cuerpo metálico se abrió extendiéndose en rampa hacia mí. Mi corazón latía frenético, cuando una voz, en español - como correspondía - dijo:
- ¡Bienvenido Teniente Haffner! , ¡Está usted en la primera Colonia exterior!...
Contesté antes de que la frase terminara:
- No, no. Estoy en "EL ARCA DE LAS NIEVES ETERNAS", he vuelto al paraíso.
Tuve un sólo deseo y lo manifesté en voz alta:
- ¡Señor - mi Dios - trae aquí a todos los hombres y mujeres de buena voluntad!

Continua en: Epilogo.